Motivos racionales para el pánico (Juan Manuel Sinde)

21/07/2016

Este es el título de un documentado trabajo de un economista inglés, Paul Mason, que analiza tres retos globales para la humanidad en las próximas generaciones: la bomba de relojería demográfica, el riesgo de colapso financiero a ella asociado y la degradación ecológica.

En lo que se refiere a la población, el problema tiene varias dimensiones. En primer lugar, el incremento que la ONU estima para los próximos 35 años es de 2.600M. de personas, pero casi todo corresponderá a los países pobres del Sur global y el 50% se concentrará en 8 países, de los que 6 se encuentran en el África subsahariana.

Para ese año habrá en el mundo 1.200M. de personas más en edad de trabajar, la mayoría de los cuales vivirán en países actualmente gobernados por élites corruptas y perspectivas de desarrollo muy obscuras (En un informe reciente el banco de inversión UBS alertaba de que la denominada 4ª revolución industrial empeoraría las expectativas de los países con mano de obra poco cualificada).

En ese contexto las presiones migratorias aumentarán exponencialmente, ante la gran desigualdad existente en el mundo. El economista del Banco Mundial Branko Milanovic, en un estudio reciente, muestra que la causa principal de las diferencias no es la clase social sino el lugar de residencia, factor responsable de dos tercios de dicha desigualdad. La conclusión a la que llega es que «o bien los países pobres se hacen más ricos o bien la población pobre emigra a los países ricos».

En el otro extremos, los países desarrollados están sufriendo un envejecimiento de población constante. La baja natalidad asociada a un mayor control de su cuerpo por las mujeres, las mejores condiciones de vida y los adelantos técnicos en el cuidado de la salud, hacen que la esperanza de vida aumente, de forma que para el 2050 se estima que en Europa y Japón habrá un trabajador en activo por cada trabajador jubilado (por 3 activos en la actualidad).

El envejecimiento de la población va demandar, además, gastos crecientes en sanidad y servicios sociales dedicados a los mayores y, consecuentemente unas demandas crecientes a las Administraciones Públicas, cuyo endeudamiento no dejará de crecer en el futuro.

El economista británico pronostica que «algunos Estados tendrán que librar una auténtica guerra social contra sus propios ciudadanos con el único objetivo de mantener la solvencia de sus haciendas nacionales».

El riesgo de colapso financiero y la degradación ecológica

El incremento de la deuda de los Estados derivado de las causas anteriormente citadas llegará, según estimaciones de Standard & Poors, al 220% del PIB de los países desarrollados, de tal forma que dicha agencia estima que más del 60% de la deuda pública mundial no cumplirá las exigencias de rating para ser financiadas por fondos de pensiones u otros inversores institucionales, llevando a los Estados a la bancarrota ( o a reducir de forma dramática las pensiones y gastos corrientes de pago a funcionarios y prestación de servicios públicos).

El hecho de que el 50% de las inversiones de los Fondos privados de pensiones estén invertidos en deuda pública de los estados abre un nuevo flanco a resolver.

Son, por último, motivo de preocupación las consecuencias que está teniendo en el equilibrio del planeta el espectacular desarrollo económico derivado de la revolución industrial. Algunos economistas estiman que,mientras que entre el año 1000 y el 1800 la renta media europea se dobló, entre ese año y el 2000 se multiplicó por 20. Las consecuencias positivas son de todos conocidas y hoy los niveles de sanidad, información, calidad de vida… de la población media europea es incomparablemente mayor que la que podían soñar las élites de hace 200 años.

Sin embargo, como apoyaba incluso el Papa Francisco en su reciente encíclica, las consecuencias de ese desarrollo sobre los recursos naturales del planeta y su incidencia en el equilibrio ecológico son muy preocupantes. En espacios de tiempo relativamente cortos se está incidiendo en reservas que se han ido creando en 4.500 millones de años. El consumo de combustibles fósiles, las emisiones de carbono a él asociados y el calentamiento global derivado son quizás la manifestación más llamativa de esa ruptura del equilibrio ecológico, como producto de un desarrollo económico focalizado en Occidente en base a utilizar recursos energéticos escasos de todo el planeta.

No parece nada claro, por otro lado, que los ciudadanos implicados vayan a aceptar fácilmente los cambios exigidos en sus hábitos de consumo.

Pero ¿Cómo es posible actuar antes esos desafíos de carácter universal?¿Qué pueden hacer dirigentes que tienen que pedir el voto a ciudadanos molestos con las medidas tomadas?

A nivel global, curiosamente, Papas tan diferentes como Benedicto XVI y Francisco han propuesto soluciones similares. Uno proponiendo una Autoridad Mundial que tenga competencias suficientes para controlar y gobernar el sector financiero internacional, en buena parte globalizado e imposible de controlar por los Estados. El otro, Francisco, proponiendo un Órgano mundial similar para preservar el desastre ecológico que nos amenaza.

Y en lo que se refiere a nuestra modesta Comunidad vasca, no todo depende de ese nivel universal. También tenemos nuestros propios retos para preparar, en ese complejo y difícil escenario, un futuro más humano y próspero para las siguientes generaciones. Pero reflexionar sobre ello deberá ser objeto de un nuevo artículo que lo desarrolle de forma suficiente.

Juan Manuel Sinde
Miembro de Arizmendiarrietaren Lagunak Elkartea