Arizmendiarrieta (Pako Etxebeste)

07/03/2017

JOSE MARÍA ARIZMENDIARRIETA (1915-1976)

 

Al entrar en el campus de Mondragon Unibertsitatea observo un constante ir y venir de jóvenes que se preparan profesionalmente en sus aulas.  Son los futuros hombres y mujeres que dotarán a nuestra sociedad del cada vez más demandado desarrollo tecno-industrial.  En medio del jardín del campus aparece la estatua en bronce de un hombre con gafas, sentado y sosteniendo un libro con su mano derecha.   Me pregunto: ¿sabrán estos jóvenes quién es ese hombre y lo que representa?

 

Invierno de 1941. En la  estación de ferrocarril de Mondragón se apea un joven sacerdote de veintiséis años, con una maleta de cartón, una cartera de mano y vestido de sotana.  Su nombre, José María Arizmendiarrieta, natural de Barinaga en Markina.  Un día después, lo hace otro cura, José Luis Iñarra, natural de Oiartzun, de 34 años de edad.  Éste viene con nombramiento de párroco y aquél de coadjutor (ayudante).  Ambos compartirán el servicio de animar a la comunidad cristiana de Arrasate-Mondragón, a lo largo de 35 años.  Atravesando las calles de la villa, Arizmendiarrieta trata de observar y captar todo lo que ve. Su mirada es penetrante. Su ilusión había sido estudiar sociología en la Universidad de Lovaina, pero el obispo ha tenido otros planes. Lovaina se ha convertido en Mondragón.  Sabe que su población ha sufrido mucho.  Las consecuencias de la guerra han dejado heridas difíciles de curar. Las luchas ideológicas, entre el liberalismo y el socialismo, el carlismo y el nacionalismo, siguen abriendo profundas brechas.  Los rigores de la nueva guerra mundial que vive Europa, contextualizan un estado de crisis generalizada.

 

Tiempos de siembra. El joven sacerdote no se amilana. Observa y detecta las necesidades de una población empobrecida y dividida.  En la práctica de cada día aprende a conciliar dos dimensiones que todo ser humano está llamado a unificar: la realidad presente y la expectativa futura. Suyo será este pensamiento: “Entre el pasado donde están los recuerdos, y el futuro donde están nuestras esperanzas, hay un presente lleno de deberes”. Desde esta perspectiva, Arizmendiarrieta  se pone en contacto con los jóvenes de la villa, para encontrar entre ellos aliados con los que liderar una nueva espiritualidad del trabajo y del mundo obrero. Todo lo hará desde la perspectiva del evangelio: “Salió un sembrador a sembrar la semilla…”

 

Arizmendiarrieta, para muchos el cura de la bicicleta, cuyo retrato expuesto en una de las paredes del emblemático pabellón de la Cerrajera, que representa el pasado industrial de Mondragón, no deja de pedalear para poder acceder a las diversas necesidades de la villa. Lo suyo es  sembrar con la metodología del  “ver, discernir y actuar”. Poco a poco, despuntarán pequeños tallos de experiencia cooperativa en diversos ámbitos: educación y cultura, trabajo y empresa, ahorro e inversión, deporte, sanidad…

 

Tiempos de cosecha. Arizmendiarrieta no deja de  estudiar, escribir y rezar.  Pero no es sólo hombre de libros, despacho y oratorio. Su bicicleta le ayuda a desplazarse y a contactar con toda clase de gente de los barrios de la villa: desde Musakola a San Agueda, pasando por San Andrés, Uribarri o Garagarza. En estos enclaves verá crecer, bajo su inspiración y con la tarea infatigable de sus colaboradores más íntimos (Luis Usatorre, Jesús Larrañaga, Alfonso Gorroñogoitia, José María Ormaetxea…), realizaciones concretas de cooperación social: Escuela Profesional Politécnica, Ulgor, Caja Laboral Popular, Servicios de Provisión Social, Actividad Laboral Escolar Cooperativa, Centro Asistencial, Construcción de viviendas, Cooperativa de Consumo… En los editoriales del boletín T.U. (Trabajo y Unión) irá definiendo la cultura de la cooperación: “Hombres y cooperativistas dignos para un cooperativismo a escala mundial”.

 

Siempre adelante. Siente que su final está cerca. Sus fuerzas han ido decayendo, como consecuencia de varias operaciones de corazón. En su último  escrito dice: Los hombres, por encima de profesiones, edades y actividades circunstanciales, deben resolverse a vivir la experiencia de una “comunión” humana más rica en reciprocidades crecientes… Dos días antes de su muerte, le dice a su amigo Álvaro Rengifo, Ministro de Trabajo, que le visita: “Esperar la muerte mirando hacia atrás sería ofender a Dios: miremos hacia adelante”.

 

29 de noviembre de 1976. El coadjutor de la parroquia, el consiliario de la experiencia cooperativa de Mondragón,  se siente morir. Pide a los que le acompañan que recen el Magnificat, una de sus oraciones preferidas. Dejando toda la realidad de su vida y de su obra en manos de Dios,  exhala su último suspiro, pronunciando un “¡Ay, ama!”. Son las ocho de la tarde.

 

A los cuarenta años de su muerte, somos conscientes de que los tiempos de Arizmendiarrieta no son los nuestros. Pero su pensamiento sigue vivo: “¿Qué es el hombre? Un ser imperfecto. Un ser perfectible. Un ser cuyo destino no es contemplar, sino transformar. Transformarse a sí mismo, transformar cuanto le rodea”. Su consigna no muere: “¡Aurrera beti!”

 

Pako Etxebeste

Consiliario de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa