Tiempos de reacción (Javier Retegui)

16/02/2016

La crisis económica ha terminado. Deja tras sí una sociedad debilitada, vulnerable, con graves problemas sociales, fuerte dependencia externa y, también, con empresas fortalecidas en el envite que han sido capaces de crecer en la dificultad. Seguir esperando la superación de la crisis, para volver al punto de partida, es una quimera, un espejismo que adormece el esfuerzo y conduce a la inanición; no hay marcha atrás. Así como tras la riada se renuevan las estructuras, también tras la crisis es preciso cuestionar el modelo y renovar la economía. Es la hora de poner manos a la obra.

Durante la crisis se han adoptado actitudes y decisiones de diversa naturaleza. Tras las contradictorias medidas iniciales, la respuesta consistió en ajustar los gastos sociales a la progresiva reducción de la actividad económica, lo que vino a ahondar los efectos de la crisis y condujo a una brusca desaceleración. Las dolorosas consecuencias son evidentes. Es la fase depresiva.

Ahora la economía se ha estabilizado, somos lo que somos, y nos encontramos, entre la incertidumbre esperanzada de una recuperación económica, (sin argumentos sólidos), y la terca realidad de un progresivo desmantelamiento de empresas y sectores que fueron soportes tradicionales. Entre la esperanza y el desánimo se suceden los estados de opinión sin tener conciencia de hacia dónde nos dirigimos. Es la fase de resignación e impotencia.

Pero, ¿quién es responsable de guiar la salida de este pozo en el que nos encontramos? ¿Podemos permanecer expectantes a que se resuelvan los problemas, confiando en desconocidos agentes externos?

Las fuerzas políticas hacen lo que pueden, se preocupan fundamentalmente de la justicia distributiva centrando su debate en la mayor o menor atención a las perentorias necesidades y la correspondiente repercusión fiscal. Cada gobernante destaca su contribución a la política social.

La creación de un sólido tejido empresarial, arraigado, competitivo y capaz de satisfacer las necesidades de la población, no puede ser asumida por las fuerzas políticas; no está en sus manos, ni tienen capacidad de intervenir en las reglas del mercado de las que nos hemos dotado. Pueden y deben participar en el fomento y contribuir con otras fuerzas, pero la articulación de un potente entramado económico se escapa de sus atribuciones.

Se trata de un problema netamente comunitario que requiere la contribución armonizada de toda la sociedad; tema crucial que compete a todos. Si entendemos por comunidad: “Sociedad cuyos miembros comparten necesidades, esfuerzos y destino (comunión) y que desde posiciones sociales, ideológicas, de raza, credo o condición diferentes, asumen responsabilidades comunes”, podemos plantear el rearme económico como problema primario que se antepone a la dispersión de las opciones políticas.

El País Vasco, de larga tradición en respuestas comunitarias, ha sabido organizarse ante problemas sociales mediante la confluencia de esfuerzos de personas y entidades de todo tipo y condición. ¿Seremos capaces de generar un movimiento equivalente en la actual encrucijada económica?

Un proyecto comunitario de desarrollo económico requiere:

  • Generar conciencia social de necesidad para trabajar juntos en la recuperación económica. (Asunción de responsabilidades)
  • La participación de los trabajadores en la empresa aportando trabajo y compartiendo estrategia y destino. (Cooperación capital-trabajo)
  • El establecimiento de “redes de cooperación” entre empresas, superadoras de las debilidades del funcionamiento en solitario y capaces de articular proyectos ambiciosos de desarrollo conjunto. (Cooperación entre empresas)
  • La cobertura de instituciones y entidades (financieras, educativas, tecnológicas, administraciones,…) participando y posibilitando los esfuerzos empresariales. (Cooperación entre instituciones)

Estos requisitos no son nuevos, hay tradición y experiencias sólidas que sirven de referencia. Se trata simplemente de asumir responsabilidades comunitarias y generar movimientos innovadores que nos saquen del letargo en el que nos encontramos.

El estamento empresarial, verdadero “agente social”, se constituye en vanguardia del desarrollo económico, soporte básico del desarrollo social. Desde la participación responsable de los trabajadores – capital y fortalecida su estructura mediante redes de cooperación, es preciso abrir la imaginación y el genio innovador para idear futuros ambiciosos en los que se ubique nuestra economía. Agrupaciones empresariales, “clúster”, entidades de promoción comarcal, etc. adquieren su plena justificación en la tarea promotora. Es la “chispa” necesaria para provocar un movimiento comunitario de desarrollo.

A la fase depresiva y a la fase de resignación e impotencia le debe suceder la nueva fase de innovación y progreso que concite la mejor tradición de los afanes comunitarios y articule redes de cooperación entre personas e instituciones.

Javier Retegui
19 de febrero de 2016